Quizás resultaba su teoría, y la solución de Ignatius estaba en su cuerpo, en su sexo (el de ella). Un impulso sexual incontrolable podría abrir la válvula para siempre y sacar su mente (la de él) del claustro medieval al que estaba sometida. Y se decía: Sí Mirka, una tesis brillante! Mientras esta idea rondaba su cabeza, los ojos se clavaban en una puerta estrecha de la calle Constantinopla.

De repente, el letargo corporal que le produjo tan magnánima imagen fue roto por un carnaval de gritos y estrujones entre batas blancas y una gorra orejera color verde, alrededor caía una lluvia de hojas amarillas donde se leía “Levy Pants...Querido lector...Vuestro asediado chico trabajador...”. Supo en ese instante que su fantasía mental, perfecta, casi sublime había roto para siempre su lazo con la realidad. Entonces intento con llanto , suplicas, trampas, recuperar a quien la convertiría en “salvadora”, pero fue inútil.

Tres días después, en una calle del Bronx, lengua y ojos contaban a un grupo de terapia tan desafortunados eventos y comunicaban el firme propósito de encontrar antes de fin de mes un nuevo mártir del mundo a quien pudiera salvar.

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“Cuando nace un genio, todos los necios se conjuran para destruirlo”.
Cita de Boecio tomada por John Kennedy Tool en: La Conjura de los Necios.

Por cierto es un libro excelente, muy divertido! Jijiji! Quizás si lo leen entenderán este post, o bueno, quizás no.